jueves, 18 de febrero de 2016

EL RENACIDO –THE REVENANT- (2015)

Se puede acusar al cine de Iñarritu de muchas cosas pero no, desde luego, de rutinario. Iñarritu y su equipo se complica la vida, se mete en berenjenales más que importantes y se reta a sí mismo para alcanzar la excelencia. En El renacido, el director y su cómplice el director de fotografía argentino Emmanuel Chivo Lubezki (que ya puede ir haciendo hueco en su estantería para un nuevo Oscar) se lían la manta en la cabeza y filman las dos horas y media del film prácticamente en su totalidad en exteriores, en condiciones extremas y con una deslumbrante y arriesgada fotografía que se salda con un triunfo histórico y en la verdadera marca de estilo de esta probable ganadora de los Oscars de 2015.


LA DIRECCION DE FOTOGRAFIA COMO MARCA DE ESTILO


Calificación: 3,5/5



 Si confrontamos superficialmente las dos cintas más recientes del director mejicano (la ganadora de los Oscars del año pasado, Birdman, y el film que  nos ocupa que va por el mismo camino en la ceremonia de este año) podríamos pensar que no tienen nada en común y que están concebidas por autores distintos. Ni las preocupaciones vitales, ni los personajes, ni su hábitat, ni la época histórica ni la concepción del mundo que se puede extraer muestran relación alguna. Desde luego, no se puede acusar al director de 21 gramos o Amores perros de repetirse un ápice en sus films más recientes.

Sin embargo, a nivel estético y narrativo, ambas obras son coherentes y complementarias. Tanto la odisea psicológica de Michael Keaton como la lucha contra la naturaleza de Di Caprio tienen en común la concepción de la profesión cinematográfica como un oficio en continua búsqueda de la superación y la innovación. Muchas veces he denunciado que muchos directores y técnicos de la industria hollywoodiense actual se toman su profesión como un trabajo de 9 a 5 en el que el principal objetivo es complicarse la vida lo menos posible, asumir cero riesgos, cumplir sino reducir los plazos de rodaje, repetir fórmulas gastadas y llenar la pantalla de primeros planos (haga falta o no) para reducir al máximo los problemas de producción de todo tipo (fotografía, decorados, localizaciones, raccord), Todo ello,  sabedores que a la mayoría del público sólo le interesa ver rostros bellos y famosos en pantalla y la anécdota argumental, desprendiendo así al séptimo arte de lo que le diferencia del teatro o la literatura: la capacidad de trasmitir emociones de manera inconsciente a través del despliegue de recursos visuales que el brillante artista cinematográfico comparte en su lienzo personal: el fotograma que será proyectado en las pantallas de todo el mundo. Esta manera rutinaria de hacer películas ha dado lugar a que el cine haya involucionado convirtiéndose en un medio de comunicación analfabeto en el que la mayoría de las veces no se utiliza ni el 10% de sus posibilidades expresivas.

Se puede acusar al cine de Iñarritu de muchas cosas pero no, desde luego, de rutinario. Iñarritu y su equipo se complica la vida, se mete en berenjenales más que importantes y se reta a sí mismo para alcanzar la excelencia. Si Birdman estaba concebida como un gran, único (y gracias a las nuevas tecnologías) falso plano secuencia con el reto que eso supone para la dirección, la interpretación y la fotografía, en El renacido, el director y su cómplice el director de fotografía argentino Emmanuel Chivo Lubezki (que ya puede ir haciendo hueco en su estantería para un nuevo Oscar) se lían la manta en la cabeza y filman las dos horas y media del film prácticamente en su totalidad en exteriores, en condiciones extremas y con una deslumbrante y arriesgada fotografía que se salda con un triunfo histórico y en la verdadera marca de estilo de esta probable ganadora de los Oscars de 2015.

La concepción del film es hiperrealista sin olvidar el componente poético que recuerda por momentos al mejor Terrence Malick. Desde la primera secuencia, el film nos coge por el cuello y ya estamos imbuidos de la salvaje Norteamérica del siglo XIX. Eso sí, aunque hay evidentes críticas al colonialismo y a la codicia, que nadie espere una trama compleja (el argumento se puede resumir en una página), metáforas que expliquen el sentido de la vida ni subtextos perspicaces. Sin embargo, el aburrimiento no me invadió en ningún momento, aunque, por desgracia y eso la aleja de la condición de obra maestra, los bajones de ritmo son evidentes. Este es un film fundamentalmente experiencial cuyo objetivo es que compartamos con el personaje de Di  Caprio una odisea sobrehumana de supervivencia. El film, que se inspira en la misma novela que dio lugar a un film de 1971, El hombre de una tierra salvaje, me recordó mucho más a otro maravilloso film de aquella época, Las aventuras de Jeremiah Johnson de Sydney Pollack con Robert Redford. El film que nos ocupa sería su actualización sin autocensura. Porque un aviso para navegantes: la crudeza de la vida salvaje es mostrada sin tapujos y, por tanto, el film no es apto para todos los estómagos.

Finalmente indicar que si, después de cinco nominaciones, no le dan el Oscar a Di Caprio ya no se lo harán hasta que sea un octagenario al que le cueste articular sus palabras de agradecimiento. No se queda a la zaga uno de los actores del momento, Tom Hardy (Mad Max) también nominado. Pero me quedo con la mirada inquisitiva de Leo al auditorio en el plano final, momento en el que ya se ha quedado sin razones para seguir sobreviviendo.


FICHA ARTÍSTICA Y SINOPSIS

Estados Unidos, 2015.-  156  minutos.- Director: Alejandro Gonzalez Iñarritu.- Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge.- WESTERN DRAMATICO Y DE SUPERVIVENCIA.- Año 1823. En las profundidades de la América salvaje, el explorador Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) participa junto a su hijo mestizo Hawk en una expedición de tramperos que recolecta pieles. Glass resulta gravemente herido por el ataque de un oso y es abandonado a su suerte por un traicionero miembro de su equipo, John Fitzgerald (Tom Hardy). Con la fuerza de voluntad como su única arma, Glass deberá enfrentarse a un territorio hostil, a un invierno brutal y a la guerra constante entre las tribus de nativos americanos, en una búsqueda implacable para conseguir vengarse